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El apasionante verano de María Navarro en el Instituto Cervantes de Lyon: “En esta ciudad todos los días hay algún plan cultural para hacer”

A punto de cumplir los 21 años, María Navarro Alañá, estudiante de tercer curso del doble grado en Relaciones Internacionales e Historia de la Universidad de Navarra y colegiala del Colegio Mayor Larraona, está viviendo un verano muy diferente. Desde hace unas semanas realiza sus prácticas en el Instituto Cervantes de Lyon, una experiencia que le está permitiendo descubrir desde dentro cómo se difunden la lengua y la cultura españolas fuera de nuestras fronteras.

No es una casualidad. Francia lleva años formando parte de su vida. Todo comenzó, -recuerda esta estudiante salmantina-, con un campamento de verano en Niza cuando tenía 15 años. Después continuó estudiando francés, participó como voluntaria en los Juegos Olímpicos de París 2024 y ahora ha encontrado en el Instituto Cervantes el lugar perfecto para unir sus dos grandes pasiones: las relaciones internacionales y la cultura.

“Siempre me ha gustado mucho todo lo relacionado con las relaciones internacionales, los países… Me interesa también mucho la política, la diplomacia, conocer gente y ver qué es distinto en mi país respecto a otros”.

Cuando llegó el momento de buscar unas prácticas de verano, tuvo claro dónde quería intentarlo. “Llevaba años diciendo que en algún momento quería hacer unas prácticas en el Cervantes. Este año dije: ‘en cuanto termine las clases voy a intentarlo’”. Y Lyon terminó siendo el destino perfecto.

 

Mucho más que enseñar español

Aunque el Instituto Cervantes es conocido principalmente por la enseñanza del español, María explica que su labor va mucho más allá. “Casi todo lo que tiene que ver con el impulso de nuestra cultura fuera de España pasa por el Cervantes”, explica.

Durante estas semanas ha participado en tareas administrativas relacionadas con los cursos de español y los exámenes oficiales DELE, pero también en la organización de actividades culturales, encuentros con escritores, festivales, conciertos… Uno de los proyectos más especiales hasta ahora ha sido su participación en un importante festival internacional de jazz celebrado en la ciudad francesa de Vienne, donde el Instituto Cervantes ha impulsado una programación específica dedicada a artistas españoles. “Estoy conociendo a escritores, artistas… y también moviéndome un poco por ese mundillo. Me está gustando mucho”, confiesa.

Precisamente esa variedad es una de las cosas que más valora de sus prácticas. “Estoy aprendiendo mucho porque tengo la oportunidad de hacer cosas muy diferentes entre sí”.

 

El interés por España, muy presente en Francia

Una de las pequeñas sorpresas que se ha llevado durante este verano ha sido comprobar el enorme interés que existe en Francia, al menos en la zona en la que se encuentra, por aprender español. “Es la segunda lengua que cogen siempre en los colegios después del inglés”. Ese interés se refleja tanto en los cursos que organiza el Instituto Cervantes como en los exámenes oficiales de español que coordina desde Lyon para la zona este de Francia, además de para Suiza y Mónaco.

También le ha sorprendido la cercanía con la que los franceses reciben a los españoles. “Todo el mundo se esmera muchísimo cuando les dices que eres de España e intenta hablarte incluso en español”.

 

Un verano entre cultura y aprendizaje

Más allá del trabajo, Lyon también le ha conquistado por muchas otras cosas. La define como una ciudad muy universitaria, llena de vida cultural, con festivales prácticamente cada día, dos grandes ríos y un ambiente muy agradable para pasar el verano. “Aquí todos los días hay algún plan cultural para hacer”.

Y si tuviera que recomendar una visita, lo tiene claro. “Hay que ver la catedral de Saint-Jean y Fourvière. Y luego el barrio de la Croix-Rousse”. Dos lugares que, -explica María-, representan perfectamente las dos caras de la ciudad: la Lyon histórica y la más creativa y contemporánea.

 

Los idiomas, una puerta al mundo

María habla inglés y francés con fluidez. Además, ha tenido tiempo de iniciarse en el japonés y coreano, una muestra más de su curiosidad por otras lenguas y culturas. Reconoce que vivir este verano en Francia le está ayudando especialmente a recuperar la soltura en el idioma. “El francés hablado es muy distinto a lo que estudiamos. Me ha venido muy bien volver a coger el hábito de hablar todos los días”.

Y anima a quien viaje al país vecino a lanzarse a hablar su lengua. “La gente es muy agradable cuando les dices que eres español. Y si les hablas en francés, casi hasta te invitan a comer”, añade entre risas.

 

Una experiencia que confirma su vocación

Después de unas cuantas semanas en Lyon, -donde por cierto nacieron los hermanos Lumière, de ahí la pasión de esta ciudad por el cine y la cultura-, María, -a la que se le nota enormemente feliz-, tiene todavía más claro hacia dónde quiere orientar su futuro profesional.

“Sigo tirando mucho por el tema de las relaciones internacionales, pero cada vez todo lo relacionado con la cultura me va llamando más. Ahora que lo he visto de manera más práctica, me ha gustado mucho”.

 

Tres años en Larraona

Aunque este verano transcurre lejos de Pamplona, María reconoce que gran parte de lo que está poniendo en práctica comenzó durante sus tres cursos en el Colegio Mayor Larraona. La convivencia diaria con estudiantes de carreras muy distintas le enseñó algo que hoy considera fundamental. “Una cosa que me ha enseñado mucho el Colegio Mayor es que hay gente con mucha pasión por lo que hace”.

Recuerda especialmente esas conversaciones al final del día, compartiendo mesa con estudiantes de disciplinas completamente diferentes. “Sentarte por las noches y ver a la gente hablar de carreras súper distintas a la tuya y ver que hablan con la misma ilusión que tú de lo suyo…, eso también te motiva a ti”.

Una experiencia que, asegura, le ha ayudado a abrirse más, a escuchar mejor a los demás y a desenvolverse con naturalidad en un entorno tan internacional como el del Instituto Cervantes.

Mientras disfruta de un verano distinto. Entre festivales, exámenes de español, exposiciones, escritores y artistas, sigue sumando experiencias que refuerzan una vocación que comenzó hace años, cuando descubrió que conocer otros países también era una forma de conocerse mejor a uno mismo. Y, desde luego, aterrizar en el Cervantes, en la ciudad del Ródano, ha sido la mejor decisión posible. “Me ha venido como anillo al dedo”.

 

Portada

Ya está disponible el nuevo número de nuestra revista anual, ‘Calle 45’

El curso 2025-2026 ha llegado a su fin, pero deja tras de sí muchas historias, experiencias y momentos que merecen ser recordados. Con ese objetivo nace un nuevo número de ‘Calle 45′, la revista anual del Colegio Mayor Larraona.

A lo largo de sus páginas hacemos un recorrido por algunos de los acontecimientos más destacados del curso: actos académicos, celebraciones, actividades culturales y solidarias, viajes, conferencias, entrevistas y muchas de las iniciativas que han marcado la vida del Colegio Mayor durante estos meses.

La revista también pone el foco en las personas que forman parte de la comunidad de Larraona. Colegiales y colegialas, antiguos residentes, ponentes, colaboradores y miembros del equipo comparten experiencias y testimonios que ayudan a comprender todo lo que ocurre más allá de las aulas y que hacen del Colegio Mayor un espacio de convivencia, aprendizaje y crecimiento personal.

Una publicación que invita a revivir el curso que acaba de terminar y a conservar el recuerdo de un año lleno de encuentros, proyectos compartidos y nuevas experiencias.

Ya puedes leer y descargar el nuevo número de ‘Calle 45′ desde su pestaña de la web o también en este enlace directo

Matías, a la derecha, en la Javierada

De Guatemala a Pamplona; Matías León se despide del Colegio Mayor: “Creo que elegir Larraona fue la mejor decisión para empezar mi vida universitaria”

Cuando Matías León Lau dejó Ciudad de Guatemala hace dos años para venir a estudiar a la Universidad de Navarra, sabía que le esperaba una aventura a miles de kilómetros de casa. Lo que no imaginaba era que, apenas unas horas después de llegar al Colegio Mayor Larraona, sentiría que había encontrado un buen lugar donde empezar una nueva etapa. “El primer día ya éramos amigos”, recuerda mientras disfruta sus vacaciones estivales con el deber cumplido.

Estudiante del Doble Grado en Administración y Dirección de Empresas y Ciencia de Datos, Matías pone fin a dos cursos en el Colegio Mayor para comenzar una nueva etapa en un piso compartido a partir de septiembre. Lo hace con la tranquilidad de quien sabe que las amistades que ha ido construyendo seguirán acompañándole.

Una decisión que nunca dudó

La historia de Matías con Larraona comenzó incluso antes de llegar a Pamplona. Cuando recibió la admisión en la Universidad de Navarra empezó a buscar alojamiento, pero hubo algo que tuvo claro desde el principio. “Solo apliqué en Larraona”.

Aunque inicialmente no había plazas disponibles y comenzó el proceso para alojarse en un piso afiliado, pocas semanas después recibió la llamada que cambiaría sus planes: se había quedado una habitación libre. Hoy asegura que fue una de las mejores decisiones que ha tomado. “No me arrepiento para nada de haber elegido pasar mis dos primeros años aquí”, explica ahora.

Lo más difícil: dejar a la familia

Como ocurre con muchos estudiantes internacionales, el momento más complicado no fue el viaje, sino la distancia que tuvo que poner por medio. “Lo más difícil sin duda fue dejara allí a mi familia”.

Aunque los primeros meses estuvieron marcados por la ilusión de comenzar una nueva etapa, reconoce que el verdadero reto llegó después de las primeras vacaciones de Navidad. “Cuando volví en enero después de pasar un tiempo en Guatemala fue cuando más me costó”.

Lejos de casa, de sus amigos y de su entorno habitual, tuvo que aprender a construir una nueva rutina en otro continente.

Un hogar desde el primer día

Esa adaptación, sin embargo, fue mucho más sencilla de lo que imaginaba. Nada más llegar al Colegio Mayor conoció al resto de colegiales y colegialas. Y aquella primera tarde bastó para romper el hielo. “El primer día ya éramos amigos e incluso salimos juntos por ahí”.

Para Matías, esa es una de las grandes diferencias entre vivir en un Colegio Mayor y hacerlo directamente en un piso de estudiantes. “Si hubiera venido a Pamplona a un piso de primeras, probablemente solo habría conocido a mis compañeros de piso y a la gente de mi carrera”. En cambio, en Larraona encontró “personas de distintas carreras, ciudades y países” con las que compartir mucho más que el estudio en estos casi dos años.

Y es que, convivir con personas tan diferentes ha sido una de las experiencias que más valora. Además de descubrir costumbres españolas —como la merienda, que ya ha incorporado a su rutina—, también ha podido compartir pequeñas tradiciones de Guatemala con quienes hoy considera sus amigos. “Les llevaba pequeños regalos típicos de mi país”. A lo que no acaba de acostumbrarse es a la siesta, dice entre risas; sí a la comida española. “Sobre todo el Norte se come muy bien”.

Si algo destaca del Colegio Mayor es la cantidad de actividades que complementan la vida universitaria. Matías ha participado activamente en los clubes del Colegio Mayor, especialmente en los de música y baile. Por eso, uno de sus recuerdos más especiales de estos dos años es la última Fiesta de Primavera.

Aquel evento, actuando con el grupo de música, sintió que cerraba una etapa rodeado de las personas con las que había compartido buena parte de su vida universitaria. “Lo disfruté muchísimo, fue muy bonito”.

Un consejo para quienes llegan de lejos

Durante estos dos años también ha conocido a otros estudiantes llegados desde diferentes puntos de América que, como él, emprendían una nueva aventura muy lejos de casa. Para los nuevos tiene un consejo: “A veces uno viene intimidado porque no sabe cómo va a ser la gente o si hará amigos. Les diría que no tengan miedo de acercarse a la gente, que no es tan difícil como parece”.

Aunque el próximo curso dejará el Colegio Mayor para compartir piso con algunos de los amigos que ha hecho en estos dos años, Matías tiene claro que su etapa en Larraona ha merecido la pena. Si un nuevo estudiante le preguntara hoy dónde alojarse al venir a Pamplona, no tendría dudas. «Le diría que viniera a Larraona. No me arrepiento para nada. Creo que fue la mejor decisión para empezar mi etapa universitaria».

 

 

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«Una experiencia que hay que vivir una vez en la vida»: colegialas de Larraona viajaron a Madrid para participar en el encuentro con el Papa León XIV

Cinco colegialas del Colegio Mayor Larraona participaron el pasado fin de semana en Madrid en el encuentro con el papa León XIV junto a jóvenes vinculados a la familia claretiana llegados de distintos puntos de España e incluso de Europa. Una experiencia intensa de convivencia, reflexión y fe que, según reconocen, difícilmente olvidarán.

Entre ellas se encontraban Miriam Martínez Calleja, de Valladolid, y Teresa Llorente Murgui, natural de Madrid pero que actualmente vive con su familia en Toulouse (Francia). Ambas han superado con éxito ya el primer curso de Farmacia en la Universidad de Navarra y vivieron tres días marcados por la emoción, el encuentro y el descubrimiento de una Iglesia joven y llena de vida.

La iniciativa surgió a través del propio Colegio Mayor, que informó a sus residentes de la posibilidad de participar en el encuentro organizado por los Claretianos. A partir de ahí, varias colegialas decidieron sumarse al viaje. Junto a ellas participaron también otras jóvenes que estudiaron en el Colegio Claret Larraona años atrás.

El grupo llegó a Madrid el viernes y se alojó durante todo el fin de semana en el Colegio Claret de la capital, donde convivieron con jóvenes procedentes de distintas ciudades antes de participar en los actos presididos por el papa León XIV.

Mucho más que un viaje a Madrid

Antes del encuentro participaron en dinámicas, actividades y momentos de reflexión compartida. Divididos en pequeños grupos, pudieron conocer a jóvenes de otras ciudades y compartir experiencias sobre cómo viven la fe, sus inquietudes o sus proyectos de futuro. También prepararon carteles y materiales que les acompañarían durante los actos del fin de semana.

“Compartes experiencias, conoces a otras personas y aprendes mucho de ellas”, explica Miriam. Para Teresa, aquella convivencia fue una de las partes más valiosas del viaje. “Había gente de muchos sitios y, aunque no nos conocíamos, enseguida se creó un ambiente muy cercano”.

Aunque ambas acudieron con ilusión a vivir la experiencia, ninguna imaginaba la dimensión real del acontecimiento. “Yo no era consciente de lo que me iba a encontrar allí”, reconoce Teresa. “Me pareció impresionante ver toda la Castellana llena de gente, tantos jóvenes y ese sentimiento de comunidad”.

La imagen de miles y miles de personas caminando hacia los actos, compartiendo conversaciones, canciones y momentos de oración, fue una de las cosas que más les impresionó. “Daba igual de dónde fuese cada uno; todos estábamos allí por lo mismo”, recuerda.

Miriam coincide en esa impresión. Más allá de la propia presencia del Papa, lo que más le impactó fue encontrarse con tantos y tantas jóvenes compartiendo la misma experiencia. “Se sentía una paz, una serenidad…, y mucha satisfacción de ver a tanta gente joven”.

Ambas reconocen que llegaron pensando que iban a encontrarse un acto multitudinario, pero no esperaban descubrir una comunidad tan amplia de chicos y chicas viviendo su fe de forma abierta y natural. La tarde del sábado estuvo marcada también por las largas colas, el calor y las horas de espera para acceder a los sectores habilitados a lo largo del recorrido.

El valor del silencio

Uno de los aspectos que más sorprendió a estas dos jóvenes estudiantes de Farmacia fue el ambiente que se generó durante los actos centrales del encuentro.

Teresa recuerda especialmente la vigilia y los momentos de oración compartida. “Me impresionó mucho el silencio que había. Había miles de jóvenes y, aun así, se respiraba muchísimo respeto”.

También le llamó la atención comprobar cómo, en una generación acostumbrada a la hiperconexión permanente, el protagonismo no lo tenían las pantallas. “Había muy pocos móviles. Todo el mundo estaba atento, viviendo el momento”.

Para Miriam, aquellos instantes dejaron una sensación difícil de explicar: “Cuando el Papa estaba rezando se sentía una paz y una serenidad muy especiales”.

Como la mayoría de asistentes, siguieron buena parte de los actos a través de las pantallas instaladas a lo largo del recorrido. No había otro modo. Aun así, ambas coinciden en que la experiencia fue mucho más intensa de lo que puede transmitir cualquier retransmisión. Teresa recuerda que el domingo, durante la eucaristía celebrada en Cibeles, pudo situarse mucho más cerca y ver al Papa con claridad.

Un encuentro que emociona

Las horas de espera bajo el calor de Madrid, las largas colas y el cansancio acumulado quedaron rápidamente en un segundo plano. Teresa recuerda que apenas durmió unas horas la noche del sábado al domingo para poder asistir a la eucaristía celebrada en Cibeles. Aun así, asegura que volvería a hacerlo. “Si tuviese otra oportunidad dentro de unos años, volvería seguro”.

La jornada comenzó de madrugada. Tras acostarse tarde después de los actos del sábado, el grupo volvió a ponerse en marcha a primera hora para participar en la celebración del domingo en Cibeles. El cansancio era evidente, pero mereció la pena.

Las dos coinciden en describir la experiencia como profundamente emocionante. “No soy de emocionarme nada y todo aquello me emocionó”, admite la vallisoletana.

Teresa comparte esa sensación: “Es difícil explicar cómo me sentí en ese momento. Fue algo muy emocionante y muy bonito”.

La emoción fue todavía mayor porque ambas habían escuchado hablar de este tipo de encuentros. En el caso de Teresa, su propia madre había participado años atrás en una visita papal y siempre le había transmitido que era una experiencia especial. “Me decía que era algo que había que vivir una vez en la vida”. Ahora es ella quien repite esa misma idea.

Los mensajes que más les llegaron

Entre las palabras del papa León XIV hubo varios mensajes que dejaron huella en las dos. Uno de ellos fue la invitación a vivir sin miedo al compromiso. La otra gran idea fue la importancia del silencio. “Dios también se siente en el silencio”.

Teresa destaca además las referencias a la amistad, la familia y la importancia de hacer las cosas con amor. Mensajes sencillos que, según explican, conectaron especialmente con muchos de los jóvenes presentes.

Más allá de la emoción del momento, ambas coinciden en que el encuentro les ayudó a reflexionar sobre su propia fe. Una experiencia, -aseguran-, que jamás podrán olvidar.

 

 

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Mucho más que un comedor: casi 40 años alimentando la vida universitaria en Larraona

Cada día, mientras cientos de estudiantes asisten a clase, preparan trabajos o afrontan exámenes, hay un equipo que comienza a trabajar desde primera hora de la mañana para que todo esté listo a la hora de sentarse a la mesa. Detrás de los menús del Colegio Mayor se encuentra Landazabal Hostelera, una empresa familiar que lleva cerca de cuatro décadas formando parte de la vida cotidiana de Larraona.

Al frente de la cocina está Nacho Lahera, responsable junto a su mujer de un equipo de 16 personas que atiende tanto al Colegio Mayor como al Colegio Claret Larraona. En total, alrededor de 600 comidas entre semana, además de desayunos y cenas para la comunidad colegial.

Su historia en Larraona viene de lejos. Antes que él trabajó aquí su padre y, entre ambos, han acompañado a varias generaciones de estudiantes. Nacho comenzó en el colegio “con apenas 21 o 22 años” y hoy acumula más de tres décadas de experiencia. Una trayectoria que le ha permitido observar no solo la evolución del centro, sino también la de quienes pasan por él. “Siempre estás con gente de la misma edad y ves cómo va cambiando la sociedad”, asegura.

Como en casa

Detrás del importante volumen de comidas que preparan cada día hay una filosofía muy sencilla. “Procuramos hacerlo como si estuviéramos cocinando en casa, pero en más cantidad”.

Esa idea se traduce en gestos cotidianos que el equipo mantiene desde hace años. Las legumbres se ponen a remojo el día anterior, las salsas se elaboran en la propia cocina y buena parte de los productos se preparan de forma artesanal. “Todo lo que podemos hacer nosotros, lo hacemos”, añade.

Las hamburguesas, las albóndigas o los picadillos salen directamente de la cocina de Larraona. El objetivo es acercarse lo máximo posible a una cocina casera adaptada a grandes volúmenes.

Calidad, producto fresco y cercanía

La calidad de la materia prima es otro de los pilares del servicio. “Procuramos comprar el mejor género”. Por ejemplo, la mayor parte de la carne que utilizan llega fresca, especialmente la ternera, procedente de Navarra. También se apuesta por proveedores cercanos siempre que resulta posible. La directriz es clara: trabajar con buenos productos y elaborar la mayor parte de las preparaciones en la propia cocina. “Tampoco compramos salsas preparadas, las hacemos nosotros”.

Nacho reconoce que cocinar para cientos de personas obliga a tomar decisiones distintas a las que se toman en casa, pero insiste en que la prioridad sigue siendo la misma: ofrecer una alimentación equilibrada, variada y de calidad.

Menús equilibrados y capacidad de elección

La planificación de los menús se realiza junto a una dietista que diseña la propuesta nutricional principal. Pero a la vez que se ofrece una alimentación saludable, se intenta garantizar siempre que los colegiales y las colegialas encuentren opciones que les gusten.

Por eso, cada día pueden elegir entre distintos primeros y segundos platos, además de ensaladas, fruta y lácteos. “Siempre hemos trabajado con dos primeros y dos segundos”.

Uno de los ámbitos que más ha evolucionado durante los últimos años es el relacionado con las alergias y las necesidades alimentarias específicas. “Antes apenas había casos y ahora tenemos muchísimas situaciones diferentes. Eso sí que ha cambiado muchísimo”, apunta Nacho.

El equipo trabaja diariamente con protocolos específicos para alergias, intolerancias, etc La atención personalizada forma parte de la filosofía de trabajo. Cuando surge una situación compleja, el diálogo con las familias es fundamental. Una forma de entender el servicio que Nacho resume en una frase sencilla: “Al final es su casa”.

Alimentar también durante los exámenes

La época de exámenes supone un reto añadido. El estrés, la falta de descanso y los cambios de rutina suelen afectar también a la alimentación. Por eso, durante esas semanas, el equipo adapta parcialmente los menús para facilitar que los estudiantes sigan comiendo bien. “Procuramos poner cosas que sé que van a comer”.

Albóndigas, hamburguesas, bocadillos o algunos de los platos más populares aparecen con mayor frecuencia en estos periodos. “Es una temporada que muchas veces comen peor de lo normal e intentamos echar una mano”.

El objetivo no es solo alimentar, sino acompañar una etapa especialmente exigente del curso académico.

Cuando la cocina viaja por el mundo

Si hay una iniciativa que define especialmente la vida del comedor en Larraona son las cenas temáticas, que se organizan normalmente de forma mensual. La idea surgió hace años como una forma de acercar distintas culturas de diferentes regiones y países a la comunidad colegial.

Hoy son los propios chicos y chicas quienes proponen recetas, sugieren platos típicos y colaboran con el equipo de cocina para recrear sabores de sus lugares de origen. “Me dan varias recetas y voy viendo cuáles podemos adaptar”.

Han pasado por el comedor propuestas inspiradas en Colombia, Costa Rica, México, Sudáfrica… En ocasiones, incluso las familias participan enviando especias o ingredientes difíciles de encontrar. “Una vez recuerdo que la madre de una colegiala de Sudáfrica nos envió incluso especias desde su país”.

El reto no consiste únicamente en reproducir una receta, sino en adaptarla a más de 200 personas y buscando sabores que puedan disfrutar estudiantes de procedencias muy diferentes. “No es lo mismo cocinar para cuatro personas que para doscientas”, agrega Lahera.

Además de estas propuestas internacionales, a lo largo del año también se organizan actividades especiales como barbacoas, que convierten la comida en un espacio más de encuentro y comunidad.

Mucho más que un comedor

Después de más de treinta años en Larraona, Nacho tiene claro que la cocina no consiste únicamente en servir platos. Cada comida, cada cena y cada conversación forman parte de la experiencia universitaria de quienes pasan por el Colegio Mayor.

Por eso, cuando se le pregunta qué les diría a las familias que depositan su confianza en Larraona, responde con la misma cercanía con la que habla de su trabajo: “Procuramos hacerlo lo mejor posible y con todo el cariño del mundo, como en casa”.

Porque detrás de cada menú hay mucho más que una cocina. Hay un equipo que lleva décadas contribuyendo, día a día, a cuidar personas, acompañar etapas y construir comunidad.

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Entre caballos, planos y nuevas amistades: el primer año universitario de Naia Gorostiza

Naia Gorostiza Cortabitarte tiene solo 18 años, estudia primero de Arquitectura en la Universidad de Navarra y vive su primer curso en el Colegio Mayor Larraona compaginando la exigencia de la carrera con la competición de alto nivel en doma clásica. Natural de Eibar, forma parte del Programa de Talento Deportivo de la Universidad, una iniciativa que ayuda a estudiantes deportistas a equilibrar su desarrollo académico y deportivo.

Su relación con los caballos comenzó desde muy pequeña, gracias a los paseos que hacía junto a su familia. Más adelante empezó a montar de forma más seria y probó la disciplina de salto. Sin embargo, una lesión cambió por completo el rumbo de su trayectoria deportiva. “Me rompí la clavícula justo después de la cuarentena y ahí fue cuando empecé a acercarme más a la doma”, recuerda. Durante la recuperación, su entrenadora le dejó un caballo de doma clásica y poco a poco descubrió una disciplina con la que conectó especialmente.

 

Actualmente compite con dos caballos, Jackson y Bisilia, y este curso ha vivido algunos de los momentos más importantes de su trayectoria deportiva. En septiembre participó en el Campeonato de España y, apenas un mes después, fue seleccionada para representar a España en una competición internacional en Le Mans, Francia, donde logró una quinta posición. Además, esta primavera consiguió el segundo puesto en el Campeonato de España Universitario celebrado en Granada.

Sin embargo, cuando habla de este deporte, Naia no se queda solo en los resultados. Lo que más valora es la relación que se crea con el caballo. “En la doma tienes que entenderte con el caballo mutuamente. Eso fue lo que más me enganchó”, explica.

Compaginar deporte y estudios

La doma clásica es una disciplina ecuestre basada en la precisión, la técnica y la conexión entre amazona y caballo. En competición, una serie de jueces valoran distintos ejercicios y movimientos realizados dentro de la pista, desde cambios de ritmo y dirección hasta ejercicios más complejos, como piruetas al galope o cambios de pie, que exigen una coordinación y precisión absolutas entre ambos.

Compaginar esa exigencia con una carrera como Arquitectura no siempre resulta sencillo. Durante la semana, mientras ella estudia en Pamplona, su entrenador continúa trabajando con los caballos en Oquendo, cerca de Bilbao, donde Naia entrena los fines de semana. “Al principio quería llegar a todo y me costó organizarme”, reconoce. Aun así, asegura que poco a poco ha aprendido a encontrar equilibrio entre ambas facetas.

Programa de Talento Deportivo de la UNAV

En ese proceso, el Programa de Talento Deportivo de la Universidad le ha servido de gran ayuda. Gracias a él puede adaptar algunas entregas o exámenes cuando coincide con competiciones importantes. Además, destaca también las oportunidades que ofrece a estudiantes deportistas, como la posibilidad de acudir a campeonatos universitarios con apoyo económico y logístico.

Pero Naia también pone el acento en el apoyo que ha encontrado en Larraona durante este primer año universitario. Especialmente en una carrera tan exigente como Arquitectura, agradece haber contado con personas que le han ayudado a organizarse mejor y a adaptarse poco a poco al ritmo universitario. Recuerda con especial cariño el apoyo que tuvo en el Colegio Mayor, donde le enseñaron consejos y trucos de estudio para aprender a gestionar mejor el tiempo y afrontar la época de exámenes con más tranquilidad.

Además, valora mucho el ambiente de ayuda mutua que existe entre los colegiales y colegialas. Entre exámenes, entregas y entrenamientos, resalta especialmente cómo estudiantes de distintas carreras se apoyan entre sí en el día a día. “Nos ayudamos mutuamente en lo que podemos”, explica. También considera que el colegio mayor facilita mucho la vida universitaria gracias a espacios como la biblioteca o las salas de estudio, especialmente importantes en una carrera tan exigente como Arquitectura.

Desde enero en el Colegio Mayor

Este curso no solo ha supuesto un reto académico y deportivo; también ha sido su primer año fuera de casa. Tras comenzar el curso en un piso adscrito al Colegio Mayor, desde enero vive en Larraona, donde destaca especialmente el ambiente de convivencia y cercanía. “Aquí te sientes muy arropada. Siempre hay alguien con quien estar, hablar o simplemente bajar a la cafetería”, cuenta.

Precisamente esa convivencia es una de las cosas que más valora de su experiencia universitaria. Naia se fija especialmente en el ambiente creado con sus compañeras y compañeros, tanto de Arquitectura como del colegio mayor. “Quedarnos hasta tarde haciendo trabajos nos ha unido muchísimo y, aunque en el momento era duro, ahora lo recuerdas como una experiencia bonita”, explica.

Además de estudiar y competir, también ha encontrado tiempo para disfrutar de algunas actividades organizadas en Larraona. “Se organizan muchísimas cosas”. Recuerda especialmente un taller de cocina donde prepararon una chocotorta típica de Argentina. “Estaba buenísima”, comenta entre risas.

A pesar de la exigencia de este primer curso, Naia tiene claro el principal aprendizaje que le ha dejado el deporte: la constancia. Considera que la doma clásica le ha enseñado a esforzarse incluso cuando las cosas no salen como esperaba, una actitud que ahora también intenta aplicar en los estudios y en la vida cotidiana. “Muchas veces te esfuerzas muchísimo y las cosas no salen como esperabas, pero siempre acabas aprendiendo algo”, reflexiona.

Próximo retos

Ahora afronta nuevos retos deportivos, entre ellos varias competiciones nacionales y el próximo Campeonato de España. Tras haber cambiado recientemente a la categoría de joven jinete, su próximo gran sueño es volver a representar a España en competiciones internacionales dentro de este nuevo nivel. Un reto exigente, especialmente por competir contra amazonas con más experiencia (ya que es de las jóvenes de la categoría), pero que afronta con ilusión y ganas de seguir creciendo.

Mientras tanto, sigue construyendo poco a poco una vida universitaria marcada por el esfuerzo, la paciencia y la ilusión. Una etapa en la que los caballos, la Arquitectura y la convivencia en Larraona ya forman parte de la misma historia.

 

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Francisco Alba: “Me quedo con el primer día en Larraona; son los primeros recuerdos de muchas personas que siguen siendo importantes para mí”

Francisco Alba Calderón, estudiante de Bioquímica en la Universidad de Navarra, cierra este curso su segundo año en el Colegio Mayor Larraona antes de comenzar una nueva etapa en Inglaterra con su Erasmus en Nottingham. Natural de Madrid, hace balance de estos dos años con una sonrisa y con la sensación de haber encontrado mucho más que un lugar donde vivir durante la carrera.

Apasionado del deporte, disfruta especialmente del gimnasio y del baloncesto, dos aficiones que sigue manteniendo en su día a día universitario. Además, durante muchos años la música ocupó un lugar importante en su vida: tocó el piano y el oboe hasta los 16 años, cuando la exigencia académica de Bachillerato le obligó a dejarlo temporalmente. “Espero retomarlo algún día”, reconoce entre risas. Ahora, después de un curso intenso que ha conseguido sacar adelante con todas las asignaturas aprobadas, afronta las vacaciones con ganas de descansar, despedirse de Pamplona por un tiempo y preparar con ilusión su próxima aventura internacional.

 

Primera visita al Colegio Mayor

Su llegada a Larraona se remonta todavía a Primero de Bachillerato, cuando visitó por primera vez la Universidad de Navarra. Tenía claro que quería vivir en un colegio mayor mixto y con un ambiente abierto y cercano. Después de conocer Larraona, supo que aquél sería su sitio. “Quería un Colegio Mayor como la vida real: mixto, con libertad…”

 

 

Los primeros días los recuerda con especial cariño. Nada más instalarse, decidió bajar a las zonas comunes para conocer gente. Allí empezó una conversación improvisada jugando a las cartas con otros colegiales y colegialas. Aquella tarde terminó convirtiéndose en uno de esos recuerdos que permanecen: entre las primeras personas que conoció estaba quien hoy es su novia.

“Desde el primer momento fue muy fácil socializar”, cuenta. Actividades organizadas durante los primeros días, como una salida de rafting, ayudaron también a crear vínculos rápidamente y a perder el miedo inicial de empezar una vida nueva lejos de casa. “Nos lo pusieron muy fácil para hacer amigos”, recuerda.

Cuando piensa en su paso por Larraona, Francisco lo resume en tres ideas: “sentirse arropado, cómodo y rodeado de muy buena gente”. Lo que más valora de estos años ha sido precisamente la convivencia cotidiana: volver de clase y encontrarse siempre con amistades, compartir comidas, conversaciones o simplemente coincidir con distintas personas en cualquier momento del día.

 

Facilidades para adaptarse

Reconoce que la vida en colegio mayor también tiene una parte intensa, pero considera que esa convivencia constante acaba siendo precisamente lo más valioso y lo que más echará de menos el próximo año. “Ir a clase, volver y seguir rodeado de amigos es algo muy especial”, comenta. Y añade: “Aquí todo es mucho más cercano y natural”, en referencia a lo que espera encontrar en su próxima aventura en Notthingam.

Además de participar en las actividades habituales del colegio mayor, este curso también impulsó el club de debate de Larraona junto a otros colegiales. Una experiencia que recuerda con especial ilusión y que le permitió compartir tiempo con personas muy distintas dentro del colegio.

Entre todos los recuerdos vividos, hay uno que destaca especialmente: el primer día. Francisco habla de aquella llegada como una mezcla de emoción, nervios e ilusión por empezar una nueva etapa lejos de casa. “Son los primeros recuerdos de muchas personas que siguen siendo importantes para mí”, explica.

Para él, vivir en un colegio mayor ha sido una ayuda fundamental en el proceso de adaptación a la universidad y a la vida fuera de casa. Cree que dar directamente el salto desde el hogar familiar a un piso compartido puede resultar más complicado al principio, mientras que en un colegio mayor una persona se siente mucho más acompañada durante esos primeros meses. “Te ayuda mucho a ganar confianza y a acostumbrarte poco a poco a vivir fuera de casa”, señala.

 

 

Por eso,  “recomiendo claramente la experiencia, especialmente en un entorno como Larraona”, que define como “abierto, libre y muy humano”. Considera que la convivencia mixta y el ambiente cercano hacen que la vida cotidiana sea más natural y favorecen relaciones auténticas entre quienes viven aquí.

Un consejo para las nuevas incorporaciones

Antes de despedirse, deja también un consejo para quienes llegarán el próximo curso: “aprovechar la experiencia y animarse a participar en la vida del colegio mayor desde el primer día, no quedarte en tu habitación”. Y es que, -resalta-,  “el colegio mayor no es solo un lugar para estudiar, también es un espacio para crecer como persona”. Para Francisco, la clave está en abrirse a la convivencia, participar en los planes y dejarse sorprender por todo lo que puede surgir en el día a día.

Ahora prepara las maletas para disfrutar del verano antes de comenzar una nueva aventura en Inglaterra. Pero se marcha de Larraona con algo más importante que unos apuntes aprobados o una carrera encaminada: un puñado de amistades, recuerdos y experiencias que, seguramente, le acompañarán durante mucho tiempo.

 

estudiantes en el castillo de Javier

Camino a Javier: una experiencia que une

Ni el frío ni la lluvia frenaron a las miles de personas que caminaron el pasado sábado 14 de marzo hasta el castillo de Javier, en Navarra, en la segunda de la tradicional peregrinación conocida como “Javierada”. Desde Larraona partieron dos autobuses para acudir a esta cita multitudinaria organizada por la Delegación de Misiones del Arzobispado de Pamplona y Tudela, en honor al santo misionero, patrón de nuestra Comunidad Foral.

En este tiempo de Cuaresma, la peregrinación es ocasión de encuentro fraterno, de crecimiento en la fe y de aprendizaje, a lo que se suma el reto físico de la caminata. Una experiencia muy gratificante en la que participamos desde el Colegio Mayor Larraona.

 

mochila del Colegio Mayor Larraona

 

Sobre las 4:30 del sábado sonó el despertador de la colegiala madrileña Marina Gil. La estudiante de 1º de Medicina fue una de las 8 participantes del grupo de Fe que hizo un trayecto más largo para llegar al castillo: los 47 kilómetros que separan Noáin de Javier.

“A las cinco y cuarto estábamos desayunando. Estaba oscuro, lloviendo… En ese momento no nos apetecía nada”, confiesa. Llegaron en coche hasta Noáin, donde, guiados por Miguel Mendizábal, de la ONG Claretiana Proclade Yanapay, empezaron la caminata con algún contratiempo: “Nos perdimos al principio, pero solo fueron diez minutos. Luego empezamos a caminar súper frescos. Cuando estábamos por Monreal empezó una lluvia muy dura y todos lo pasamos mal.”

Hacia las tres horas de haber partido pudieron recuperar energías en el Bosquecillo de Sengáriz, en el puesto de avituallamiento dispuesto por los voluntarios. Eso les dio fuerza para caminar los siguientes kilómetros. “Lo peor fue antes de llegar a Liédena. Nos dolían mucho las plantas de los pies, a mí me molestaban las caderas… Pero nos intentábamos animar los unos a los otros y no quejarnos: el objetivo era llegar”.

Sobre las 13:15 por fin alcanzaron este pueblo de la Merindad de Sangüesa, donde pararon una hora para comer y descansar. “Como había estirado, yo ya estaba mejor, pero los últimos siete kilómetros volvieron a costar”, reconoce Marina. “Llegamos a la explanada del castillo a las 16:53, apenas unos minutos antes de que empezara la misa. Fue precioso, nos abrazamos… Estábamos muy contentos”, relata.

 

grupo de fe llega a Javier

 

Tras la eucaristía, el grupo de fe se quedó un momento cantando y disfrutando del ambiente, y volvió al Colegio Mayor en los dos autobuses organizados para la ocasión, que ofrecían a estudiantes y alumnado de Claret Larraona dos trayectos: 22 o 9 kilómetros hasta Javier.

Matías León, estudiante guatemalteco de 2º de ADE, eligió por segundo año el de 22 kilómetros. “Estuvo más nublado e hizo más frío que el año pasado, pero la pasamos muy bien”, asegura, “hay un gran ambiente”. Aunque reconoce que es cansado –“llegar es un alivio”–, explica que no supone tanto reto físico, sobre todo porque se camina en llano y se hace acompañado: “Charlando se pasa bastante rápido”.

 

amigos frente al Castillo de Javier

 

La compañía es, sin duda, un punto central de esta experiencia. “Se fortalecen los lazos de comunidad, porque en el día a día vamos cada uno a sus cosas”, comenta Marina.

El grupo de Fe es para ella también una oportunidad de encuentro y de compartir vivencias en torno a la fe. Además de la hora en la que se reúnen la noche de los viernes, intentan participar en convivencias y otras iniciativas cristianas. “Con estas cosas se aprende un montón. Pienso que vivimos muy cómodos. Cuando sufres un poquito te acercas al sufrimiento de los demás, y te puedes poner en su lugar”, cuenta la estudiante. “Por ejemplo, durante parte del trayecto una chica le llevó la mochila a otra que iba peor. Yo aproveché esta peregrinación para ofrecer mi sufrimiento por las personas que están sufriendo y no conocen a Dios”.

Javier “acoge a todos”, recordó el arzobispo Florencio Roselló durante la homilía. “La javierada no es solo por un motivo religioso”, apunta Matías. “Es una gran experiencia que recomiendo: ir con tu grupo de amigos, hacer la caminata charlando y disfrutar de paisajes muy bonitos… Se pasa muy bien”.

 

peregrinando hacia Javier

 

En resumen, un año más, quienes participaron disfrutaron de momentos preciosos de compañerismo, ejercicio, socialización y también interioridad. Una vivencia que une a quienes la comparten y que resulta muy oportuna en este tiempo de Cuaresma previo a los exámenes y al final de curso.

mano de un antiguo alumno apuntando hacia una fotografía de recuerdo del colegio mayor

La vida colegial año tras año: un recorrido de crecimiento

La llegada al Colegio Mayor marca el primer gesto de autonomía: dejar atrás lo conocido y construir un espacio propio en un entorno nuevo. Este camino comienza con una maleta, con un pasillo lleno de nombres que aún no se retienen del todo. La entrada en la recepción, las primeras presentaciones, la acogida en la universidad… son instantes que quedan grabados en la retina, en la memoria e, incluso, en el corazón de quienes los recuerdan con afecto.

Ciertamente, en el primer año se suceden experiencias constantes de descubrimiento, aprendizaje y crecimiento. Pero esto no se agota cuando llega el primer verano. La etapa universitaria es un camino extenso –mínimo de cuatro años– que invita a vivirse con plenitud durante todo su recorrido. Igualmente, la experiencia colegial va mucho más allá del primer curso: el Colegio Mayor Larraona ofrece a los colegiales y colegialas un entorno único para disfrutar al máximo de esta etapa vital durante toda su duración.

 

estudiantes de primero en el colegio mayor

 

Sentando las bases del aprendizaje

El primer año está lleno de maduración y aprendizajes, empezando por los retos que supone el ámbito académico. Nuestro acompañamiento para el estudio tiene como objetivo facilitar la transición del modelo escolar al modelo universitario. Hace falta aprender a estudiar. Conviene reconocer cómo somos y qué recursos necesitamos como estudiantes y, más importante, como personas. Por eso no se entiende la vida colegial sin el acompañamiento personal del equipo directivo, clave desde el primer momento, que implica un seguimiento cercano y una comunicación fluida con las familias.

Por otra parte, convivir implica ajustarse a ritmos distintos, maneras diferentes de estudiar, de descansar, de entender el día a día. Se aprende a tratar a los demás, a respetar las diferencias y, con el tiempo, a apreciarlas. Lo que empieza siendo coincidencia termina convirtiéndose en vínculo. Los talleres de afectividad y sexualidad que se imparten en el primer curso ayudan a sentar las bases de una convivencia y unas relaciones afectivas saludables.

 

Colegiales y colegialas participando en dinámica

 

De la acogida a acoger

Poco a poco, lo nuevo se vuelve cercano. El edificio deja de ser un lugar y empieza a convertirse en contexto. En referencia. En casa. Con el tiempo, cambia la posición que una persona ocupa. El mismo pasillo que imponía respeto ahora se recorre sin pensar. Quien antes necesitaba orientación empieza a ofrecerla. Quien fue acogido o acogida, ahora acoge.

La experiencia a partir del segundo año adquiere profundidad. Las actividades se transforman en espacios de implicación. Se convierten en veteranos y veteranas y proponen, organizan, asumen responsabilidades. Ese compromiso se refleja día a día en las actividades, en las tertulias, en la participación en el Consejo colegial… En las pequeñas decisiones que ayudan a que los demás sientan que forman parte de esta experiencia compartida. Con esa mirada, permanecer se entiende como participar activamente en la vida de quienes te rodean, aportando tu tiempo, tu criterio y tu apertura hacia los demás.

Así se van consolidando la responsabilidad, el esfuerzo y la capacidad de superación, y también la gratitud.

Crecemos en compañía, gracias a quienes están presentes incluso cuando el camino se hace cuesta arriba. Gracias a quienes, desde su trabajo diario, forman parte de la historia sin buscar protagonismo. Su cuidado y su disponibilidad constante acompañan el crecimiento de los colegiales y las colegialas.

 

director del colegio mayor impone la beca en un colegial

 

El reconocimiento más esperado

El día más esperado, en el Salón de Actos, se imponen las Becas. Es un gesto solemne, cargado de significado. Resume tres años de convivencia, compromiso y aprendizaje compartido. Aquella llegada incierta a los dieciocho años –a veces incluso sin cumplir–, de repente queda lejos; en su lugar empieza a haber seguridad, responsabilidad y pertenencia.

La veteranía se disfruta y se comparte. Son frecuentes los consejos y el asesoramiento en las salas de estudios, sobre todo al inicio de curso y en época de exámenes. También las charlas que profundizan en temáticas –de lo más interesantes– gracias al vínculo establecido con el profesorado.

A pesar del comienzo de las prácticas y de otros compromisos académicos, la capacidad de organización del tiempo libre suele ser mayor, lo que permite disponer de margen para aprovechar las actividades de ocio que se ofrecen en el Colegio Mayor, impulsar nuevas iniciativas como clubes y participar en proyectos de voluntariado.

 

dos colegiales con las placas de fin de carrera

 

¿El fin? de unos años muy valiosos

En un abrir y cerrar de ojos, en ese mismo Salón que acogió las jornadas de bienvenida se celebra la Entrega de Placas de Fin de Carrera. Un reconocimiento al esfuerzo y al trabajo duro realizado durante los años de estudio, y la señal de que esta etapa tan especial va llegando a su fin.

Este evento abre una serie de momentos de despedida muy emocionantes para este cierre de capítulo: la última fiesta de primavera, los últimos exámenes, la graduación…

Los colegiales y colegialas de primero les miran con admiración. Por otra parte, para quienes terminan, convivir con estudiantes más jóvenes les recuerda esa primera etapa cargada de ilusión y de novedades. Y les ayuda a seguir aprendiendo, conociendo a nueva gente y forjando amistades: el Colegio Mayor es un entorno vivo que cambia año tras año, siempre hay espacio para la novedad y el descubrimiento.

Al final, se termina comprendiendo que ser universitario o universitaria es mucho más que una ocupación o una etapa vital. Es una actitud que se ha ido cultivando, basada en la curiosidad intelectual, el compromiso, el respeto y la apertura a los demás, junto con un afán constante de aprender y de entender que traspasa fronteras. Por eso perdura más allá de las aulas y de las paredes de nuestro Colegio Mayor.

Las amistades, las lecciones aprendidas y la forma de entender la convivencia trascienden la etapa universitaria. La experiencia colegial continúa formando parte de tu historia personal, como parte de un recorrido de crecimiento que no termina.

Colegiales hablando charla

Amar con conciencia

Tras la primera sesión del programa Amarme/Amarte, centrada en la mirada y la autoestima, los colegiales y colegialas participaron esta semana en la sesión titulada “Un amor , ¿de película?”.   En este segundo encuentro, la educadora Ángeles Cabido invitó a reflexionar sobre las relaciones afectivas y en cómo construir vínculos que no se queden en la idealización, sino que se sostengan en el conocimiento, el compromiso y el cuidado del otro.

 

Dos colegiales hablando

 

Empezar a conocerse desde el principio

Ángeles arrancó con un relato personal que sirvió para introducir una idea clave: “amar no es improvisar, sino decidir con verdad”. A partir de su propia experiencia, explicó que “no basta con lo que se siente al principio, sino que es necesario hacerse las preguntas adecuadas para descubrir quién es realmente esa persona”.

Con esa premisa, propuso una dinámica en parejas en la que los y las jóvenes tuvieron que pensar cuáles serían esas tres preguntas esenciales que habría que hacer al iniciar una relación. Las respuestas apuntaron a cuestiones esenciales como el compromiso, el proyecto de vida y lo que cada uno está dispuesto a ofrecer. Ángeles subrayó la importancia de “conocerse y descubrirse en el día a día para construir relaciones con sentido”.

 

Ángeles Cabido y colegial dinámica de grupo

 

Las relaciones dejan huella

Las relaciones humanas dejan huella, aunque no siempre sea visible. Para trabajar en esta idea, Ángeles contó con la ayuda de un colegial voluntario, explicando que se trataba de una manera simbólica de reflexionar sobre el impacto de las acciones. A través de pequeños gestos, mostró cómo una marca puede permanecer en nuestro cuerpo, aunque el dolor no se manifieste de forma explícita.

Del mismo modo, toda relación deja una marca, positiva o negativa. Por eso, la educadora insistió en la importancia de aprender a amar, sabiendo cómo queremos ser amados; y de corregir aquellas acciones que dañan el cuerpo o el alma, “ya que ese tipo de dinámicas acaban convirtiéndose en relaciones tóxicas”. incluso puede que “te hayas acostumbrado y no notes el daño, pero la huella está ahí”.

 

Ángeles Cabido charla taller Amarte

 

Amor y enamoramiento

El amor no es ciego, el enamoramiento sí. A veces, cuando nos enamoramos, corremos el riesgo de idealizar e imaginar a la persona y pasar  más tiempo con la persona que uno construye en su cabeza que con la persona real que tiene delante. “¿Has pasado más tiempo con la persona real o con la de tu imaginación?”, planteó, señalando que muchas decepciones nacen cuando el otro no responde a la imagen que uno había creado.    

El dinamismo afectivo suele empezar con la atracción, la emoción de “me gustas” ahora mismo. Si esta emoción se alimenta puede pasar a enamoramiento, “siento que te quiero”, por ahora. Este sentimiento de amor es muy bonito pero no es suficiente. Para construir un amor que dure para siempre se necesita tiempo, libertad, conocimiento y determinación la de “querer quererte”. Pero, ¿cuál es la base para construir un amor así?

 

Ángeles cabido dinámica

 

Construir un amor que dure

En el tramo final de la sesión, Ángeles invitó a pensar en las relaciones como una construcción. Recordó que un amor que quiera durar necesita algo más que emoción: “requiere un proyecto, una base y unos buenos materiales”. Sobre una cartulina con el dibujo de una casa, los colegiales y colegialas fueron escribiendo en post-its aquellos elementos que consideran imprescindibles en una relación. De pie, alrededor del mural, fueron apareciendo palabras como confianza, lealtad, comunicación, sinceridad, respeto, apoyo o perdón.

 

Ángeles Cabido explicando colegiales

 

A partir de esa imagen, Ángeles explicó que una estructura solo se sostiene si tiene una base firme y buenos materiales, y que lo mismo ocurre con las relaciones. Subrayó que esos elementos no son opcionales y que es necesario saber qué valores son irrenunciables para uno mismo antes de construir un proyecto con otra persona, porque “elegir bien los materiales es la clave para que una relación de amor no se venga abajo con el tiempo”.

 

Post-its construir relaciones

 

Por último, se habló de la crisis como una oportunidad en la relación destacando que “los peores momentos obligan a revisar las grandes razones que nos llevaron a estar juntos” y que dichas razones hay que tenerlas antes de iniciar la relación porque sin ellas todos se vendría abajo pero si perduran, la mayoría de las crisis se podrán superar.