Cinco colegialas del Colegio Mayor Larraona participaron el pasado fin de semana en Madrid en el encuentro con el papa León XIV junto a jóvenes vinculados a la familia claretiana llegados de distintos puntos de España e incluso de Europa. Una experiencia intensa de convivencia, reflexión y fe que, según reconocen, difícilmente olvidarán.
Entre ellas se encontraban Miriam Martínez Calleja, de Valladolid, y Teresa Llorente Murgui, natural de Madrid pero que actualmente vive con su familia en Toulouse (Francia). Ambas han superado con éxito ya el primer curso de Farmacia en la Universidad de Navarra y vivieron tres días marcados por la emoción, el encuentro y el descubrimiento de una Iglesia joven y llena de vida.
La iniciativa surgió a través del propio Colegio Mayor, que informó a sus residentes de la posibilidad de participar en el encuentro organizado por los Claretianos. A partir de ahí, varias colegialas decidieron sumarse al viaje. Junto a ellas participaron también otras jóvenes que estudiaron en el Colegio Claret Larraona años atrás.

El grupo llegó a Madrid el viernes y se alojó durante todo el fin de semana en el Colegio Claret de la capital, donde convivieron con jóvenes procedentes de distintas ciudades antes de participar en los actos presididos por el papa León XIV.
Mucho más que un viaje a Madrid
Antes del encuentro participaron en dinámicas, actividades y momentos de reflexión compartida. Divididos en pequeños grupos, pudieron conocer a jóvenes de otras ciudades y compartir experiencias sobre cómo viven la fe, sus inquietudes o sus proyectos de futuro. También prepararon carteles y materiales que les acompañarían durante los actos del fin de semana.
“Compartes experiencias, conoces a otras personas y aprendes mucho de ellas”, explica Miriam. Para Teresa, aquella convivencia fue una de las partes más valiosas del viaje. “Había gente de muchos sitios y, aunque no nos conocíamos, enseguida se creó un ambiente muy cercano”.
Aunque ambas acudieron con ilusión a vivir la experiencia, ninguna imaginaba la dimensión real del acontecimiento. “Yo no era consciente de lo que me iba a encontrar allí”, reconoce Teresa. “Me pareció impresionante ver toda la Castellana llena de gente, tantos jóvenes y ese sentimiento de comunidad”.

La imagen de miles y miles de personas caminando hacia los actos, compartiendo conversaciones, canciones y momentos de oración, fue una de las cosas que más les impresionó. “Daba igual de dónde fuese cada uno; todos estábamos allí por lo mismo”, recuerda.
Miriam coincide en esa impresión. Más allá de la propia presencia del Papa, lo que más le impactó fue encontrarse con tantos y tantas jóvenes compartiendo la misma experiencia. “Se sentía una paz, una serenidad…, y mucha satisfacción de ver a tanta gente joven”.
Ambas reconocen que llegaron pensando que iban a encontrarse un acto multitudinario, pero no esperaban descubrir una comunidad tan amplia de chicos y chicas viviendo su fe de forma abierta y natural. La tarde del sábado estuvo marcada también por las largas colas, el calor y las horas de espera para acceder a los sectores habilitados a lo largo del recorrido.
El valor del silencio
Uno de los aspectos que más sorprendió a estas dos jóvenes estudiantes de Farmacia fue el ambiente que se generó durante los actos centrales del encuentro.
Teresa recuerda especialmente la vigilia y los momentos de oración compartida. “Me impresionó mucho el silencio que había. Había miles de jóvenes y, aun así, se respiraba muchísimo respeto”.
También le llamó la atención comprobar cómo, en una generación acostumbrada a la hiperconexión permanente, el protagonismo no lo tenían las pantallas. “Había muy pocos móviles. Todo el mundo estaba atento, viviendo el momento”.
Para Miriam, aquellos instantes dejaron una sensación difícil de explicar: “Cuando el Papa estaba rezando se sentía una paz y una serenidad muy especiales”.
Como la mayoría de asistentes, siguieron buena parte de los actos a través de las pantallas instaladas a lo largo del recorrido. No había otro modo. Aun así, ambas coinciden en que la experiencia fue mucho más intensa de lo que puede transmitir cualquier retransmisión. Teresa recuerda que el domingo, durante la eucaristía celebrada en Cibeles, pudo situarse mucho más cerca y ver al Papa con claridad.
Un encuentro que emociona
Las horas de espera bajo el calor de Madrid, las largas colas y el cansancio acumulado quedaron rápidamente en un segundo plano. Teresa recuerda que apenas durmió unas horas la noche del sábado al domingo para poder asistir a la eucaristía celebrada en Cibeles. Aun así, asegura que volvería a hacerlo. “Si tuviese otra oportunidad dentro de unos años, volvería seguro”.

La jornada comenzó de madrugada. Tras acostarse tarde después de los actos del sábado, el grupo volvió a ponerse en marcha a primera hora para participar en la celebración del domingo en Cibeles. El cansancio era evidente, pero mereció la pena.
Las dos coinciden en describir la experiencia como profundamente emocionante. “No soy de emocionarme nada y todo aquello me emocionó”, admite la vallisoletana.
Teresa comparte esa sensación: “Es difícil explicar cómo me sentí en ese momento. Fue algo muy emocionante y muy bonito”.
La emoción fue todavía mayor porque ambas habían escuchado hablar de este tipo de encuentros. En el caso de Teresa, su propia madre había participado años atrás en una visita papal y siempre le había transmitido que era una experiencia especial. “Me decía que era algo que había que vivir una vez en la vida”. Ahora es ella quien repite esa misma idea.
Los mensajes que más les llegaron
Entre las palabras del papa León XIV hubo varios mensajes que dejaron huella en las dos. Uno de ellos fue la invitación a vivir sin miedo al compromiso. La otra gran idea fue la importancia del silencio. “Dios también se siente en el silencio”.
Teresa destaca además las referencias a la amistad, la familia y la importancia de hacer las cosas con amor. Mensajes sencillos que, según explican, conectaron especialmente con muchos de los jóvenes presentes.
Más allá de la emoción del momento, ambas coinciden en que el encuentro les ayudó a reflexionar sobre su propia fe. Una experiencia, -aseguran-, que jamás podrán olvidar.