La llegada al Colegio Mayor marca el primer gesto de autonomía: dejar atrás lo conocido y construir un espacio propio en un entorno nuevo. Este camino comienza con una maleta, con un pasillo lleno de nombres que aún no se retienen del todo. La entrada en la recepción, las primeras presentaciones, la acogida en la universidad… son instantes que quedan grabados en la retina, en la memoria e, incluso, en el corazón de quienes los recuerdan con afecto.
Ciertamente, en el primer año se suceden experiencias constantes de descubrimiento, aprendizaje y crecimiento. Pero esto no se agota cuando llega el primer verano. La etapa universitaria es un camino extenso –mínimo de cuatro años– que invita a vivirse con plenitud durante todo su recorrido. Igualmente, la experiencia colegial va mucho más allá del primer curso: el Colegio Mayor Larraona ofrece a los colegiales y colegialas un entorno único para disfrutar al máximo de esta etapa vital durante toda su duración.

Sentando las bases del aprendizaje
El primer año está lleno de maduración y aprendizajes, empezando por los retos que supone el ámbito académico. Nuestro acompañamiento para el estudio tiene como objetivo facilitar la transición del modelo escolar al modelo universitario. Hace falta aprender a estudiar. Conviene reconocer cómo somos y qué recursos necesitamos como estudiantes y, más importante, como personas. Por eso no se entiende la vida colegial sin el acompañamiento personal del equipo directivo, clave desde el primer momento, que implica un seguimiento cercano y una comunicación fluida con las familias.
Por otra parte, convivir implica ajustarse a ritmos distintos, maneras diferentes de estudiar, de descansar, de entender el día a día. Se aprende a tratar a los demás, a respetar las diferencias y, con el tiempo, a apreciarlas. Lo que empieza siendo coincidencia termina convirtiéndose en vínculo. Los talleres de afectividad y sexualidad que se imparten en el primer curso ayudan a sentar las bases de una convivencia y unas relaciones afectivas saludables.

De la acogida a acoger
Poco a poco, lo nuevo se vuelve cercano. El edificio deja de ser un lugar y empieza a convertirse en contexto. En referencia. En casa. Con el tiempo, cambia la posición que una persona ocupa. El mismo pasillo que imponía respeto ahora se recorre sin pensar. Quien antes necesitaba orientación empieza a ofrecerla. Quien fue acogido o acogida, ahora acoge.
La experiencia a partir del segundo año adquiere profundidad. Las actividades se transforman en espacios de implicación. Se convierten en veteranos y veteranas y proponen, organizan, asumen responsabilidades. Ese compromiso se refleja día a día en las actividades, en las tertulias, en la participación en el Consejo colegial… En las pequeñas decisiones que ayudan a que los demás sientan que forman parte de esta experiencia compartida. Con esa mirada, permanecer se entiende como participar activamente en la vida de quienes te rodean, aportando tu tiempo, tu criterio y tu apertura hacia los demás.
Así se van consolidando la responsabilidad, el esfuerzo y la capacidad de superación, y también la gratitud.
Crecemos en compañía, gracias a quienes están presentes incluso cuando el camino se hace cuesta arriba. Gracias a quienes, desde su trabajo diario, forman parte de la historia sin buscar protagonismo. Su cuidado y su disponibilidad constante acompañan el crecimiento de los colegiales y las colegialas.

El reconocimiento más esperado
El día más esperado, en el Salón de Actos, se imponen las Becas. Es un gesto solemne, cargado de significado. Resume tres años de convivencia, compromiso y aprendizaje compartido. Aquella llegada incierta a los dieciocho años –a veces incluso sin cumplir–, de repente queda lejos; en su lugar empieza a haber seguridad, responsabilidad y pertenencia.
La veteranía se disfruta y se comparte. Son frecuentes los consejos y el asesoramiento en las salas de estudios, sobre todo al inicio de curso y en época de exámenes. También las charlas que profundizan en temáticas –de lo más interesantes– gracias al vínculo establecido con el profesorado.
A pesar del comienzo de las prácticas y de otros compromisos académicos, la capacidad de organización del tiempo libre suele ser mayor, lo que permite disponer de margen para aprovechar las actividades de ocio que se ofrecen en el Colegio Mayor, impulsar nuevas iniciativas como clubes y participar en proyectos de voluntariado.

¿El fin? de unos años muy valiosos
En un abrir y cerrar de ojos, en ese mismo Salón que acogió las jornadas de bienvenida se celebra la Entrega de Placas de Fin de Carrera. Un reconocimiento al esfuerzo y al trabajo duro realizado durante los años de estudio, y la señal de que esta etapa tan especial va llegando a su fin.
Este evento abre una serie de momentos de despedida muy emocionantes para este cierre de capítulo: la última fiesta de primavera, los últimos exámenes, la graduación…
Los colegiales y colegialas de primero les miran con admiración. Por otra parte, para quienes terminan, convivir con estudiantes más jóvenes les recuerda esa primera etapa cargada de ilusión y de novedades. Y les ayuda a seguir aprendiendo, conociendo a nueva gente y forjando amistades: el Colegio Mayor es un entorno vivo que cambia año tras año, siempre hay espacio para la novedad y el descubrimiento.
Al final, se termina comprendiendo que ser universitario o universitaria es mucho más que una ocupación o una etapa vital. Es una actitud que se ha ido cultivando, basada en la curiosidad intelectual, el compromiso, el respeto y la apertura a los demás, junto con un afán constante de aprender y de entender que traspasa fronteras. Por eso perdura más allá de las aulas y de las paredes de nuestro Colegio Mayor.
Las amistades, las lecciones aprendidas y la forma de entender la convivencia trascienden la etapa universitaria. La experiencia colegial continúa formando parte de tu historia personal, como parte de un recorrido de crecimiento que no termina.