El pasado miércoles un grupo de colegiales y colegialas se reunió para celebrar el primer Think and Beer del año. Eran pocos, pero con muchas ganas de hablar. Algo casi imprescindible teniendo en cuenta que el tema de la tarde giraría en torno al debate.
Antes de entrar en materia, los y las estudiantes se presentaron individualmente. Ese primer intercambio, sencillo y espontáneo, bastó para que el ambiente se relajara y la conversación empezara a tomar forma. Miguel Matellanes, concejal del Ayuntamiento de Pamplona e invitado de la tarde comenzó entonces su presentación.

Recordó cómo su primer contacto con el debate llegó en el instituto, casi sin saber muy bien en qué consistía, y cómo esa práctica fue acompañándolo después en la universidad y en su trayectoria profesional. Más que enumerar logros, explicó que el debate había sido para él “una herramienta que me ayudó a formarme, expresarme y entender mejor a los demás”.

Poco a poco fue quedando claro el eje central de la charla: la dimensión social del debate. Miguel lo describía como “un espacio que iguala, donde todos tienen un tiempo y una palabra, y donde aprender a hablar empieza por aprender a escuchar”. Se habló de quienes no siempre alzan la voz. De personas tímidas o vergonzosas que encuentran en el debate un espacio propio. Contó también su experiencia trabajando con jóvenes con discapacidad intelectual, entre ellos personas con síndrome de Down, donde “escuchar se convierte en la mejor manera de romper prejuicios”.

Con el debate ya sobre la mesa, llegaron las preguntas. Algunas surgieron de forma espontánea y otras a partir de tarjetas, unas en blanco y otras ya escritas, que Miguel fue repartiendo para animar a intervenir.

A partir de las tarjetas, las preguntas empezaron a llevar la conversación a un tono más profundo. Miguel habló entonces de la carga con la que cada uno llega a una conversación, insistiendo en que “es imposible ser una pizarra en blanco”. Esa idea llevó a reflexionar sobre cómo lo personal influye también en la forma de construir los argumentos y, en algunos casos, en la necesidad de bajarlos a la realidad concreta y ponerles rostro.

Desde ahí, la conversación fue derivando hacia la escucha y la forma de comunicar. Miguel repetía que debatir no empieza cuando uno habla, sino cuando es capaz de atender al otro. “No sirve de nada presentar tus argumentos si no has escuchado”, decía, en un mundo que, como él mismo reconocía, “va mucho más rápido todo”. En ese contexto, subrayó también el peso de lo no verbal y recordó que “el 93% del impacto que tenemos en la gente es lo no verbal”, advirtiendo del riesgo de quedarse solo en la forma y olvidar el fondo.

El debate no se cerró con conclusiones definitivas, pero quedó claro que no se estaba hablando de algo lejano o teórico, sino de una forma muy concreta de escuchar, hablar y relacionarse con los demás.