Nerea Grandoso Domínguez, colegiala de Larraona y estudiante de tercer curso de Biología en la Universidad de Navarra, ha realizado durante cinco semanas unas prácticas de campo en la Amazonía peruana, donde ha podido acercarse a la biodiversidad de la zona y convivir con familias de la comunidad de San Rafael, cerca de Iquitos (noreste del país andino).
Para Nerea, este verano, a sus 20 años, ha sido una oportunidad para salir de las aulas y acercarse a la naturaleza de una manera muy diferente. La posibilidad surgió a través de las prácticas de verano de la Universidad de Navarra. Cuando Nerea, natural de Vitoria, descubrió que el programa incluía trabajo de campo con mariposas, murciélagos, aves, anfibios y reptiles, no tuvo muchas dudas. “En cuanto leí de qué eran las prácticas, dije: ‘esto es lo que quiero hacer’”. La experiencia le permitía, además, conocer la vida de una comunidad amazónica desde dentro, conviviendo con familias de la zona que acogían a los estudiantes en sus propias casas.
Aprender Biología sobre el terreno
Las prácticas se desarrollan a través de la Universidad de Navarra en colaboración con Evergreen, una empresa vinculada al proyecto en la comunidad de San Rafael. El programa combina el aprendizaje universitario con el trabajo de campo y la convivencia con las familias de la zona, de manera que parte de los beneficios de la actividad revierten también en la comunidad.
El grupo estaba formado por estudiantes de distintas universidades españolas. Nerea viajó junto a otras dos personas de la Universidad de Navarra y, en total, eran alrededor de 20 participantes. Durante su estancia pudieron acercarse a diferentes ámbitos de la investigación y el estudio de la fauna amazónica.

En ornitología, por ejemplo, colocaban redes para capturar aves, las anillaban y tomaban sus medidas, además de realizar censos. Con los murciélagos llevaban a cabo un trabajo similar, identificando las diferentes especies y tomando datos biométricos. También aprendieron a reconocer familias de mariposas y, durante las salidas nocturnas, buscaron anfibios y reptiles.
Uno de los aprendizajes que más le llamó la atención fue precisamente el relacionado con las serpientes. Durante las prácticas aprendió a manipularlas y a utilizar el recuento de escamas, entre otros aspectos, para contribuir a su identificación y distinguir entre especies venenosas y no venenosas.
La experiencia se amplió también al río Amazonas. Durante un fin de semana participaron en un censo de delfines de río, donde pudieron observar tanto ejemplares grises como rosados. Para una estudiante de Biología, el entorno ofrecía prácticamente un aula al aire libre difícil de igualar.
Cuando intenta escoger qué especie o grupo animal le impresionó más, le resulta difícil quedarse con uno. “Todo, me ha encantado todo”, reconoce. La enorme diversidad de formas, colores y sonidos hacía difícil elegir. Los cantos de las aves, por ejemplo, le sorprendieron especialmente: algunos eran tan diferentes que al principio ni siquiera identificaban qué animal los producía.
La selva desde la mirada de quienes la conocen
Pero quizá uno de los aprendizajes más interesantes no tuvo que ver directamente con una especie animal, sino con las personas que la acogieron.
Las cenas en las casas de las familias permitían a los estudiantes conocer de cerca cómo es la vida cotidiana en San Rafael. Cada diez o doce días cambiaban de familia, lo que les daba la oportunidad de convivir con distintas personas de la comunidad.
Nerea recuerda especialmente a Robin, uno de los padres de familia que la acogió. En una de las tardes libres, él mismo se ofreció a llevarla a la selva para enseñarle los diferentes tipos de árboles y sus usos. Era un conocimiento que no aparecía en el programa de prácticas, pero que le permitió descubrir el entorno desde otra perspectiva.
“No es lo mismo verlo como con conocimientos científicos desde fuera que desde dentro”, explica. Robin conocía las especies y la selva desde la experiencia cotidiana, desde una relación con el entorno transmitida durante generaciones. Para Nerea, ese encuentro fue una manera de comprender que el conocimiento no se encuentra únicamente en los libros o en las aulas.
También le sorprendió la forma de entender la vida de las personas de la comunidad. Frente a una sociedad que vive muchas veces demasiado pendiente del futuro, allí descubrió una manera diferente de afrontar el día a día. “Siento que nosotros estamos bastante en una burbuja y ellos están como más con los pies en la tierra”, reflexiona. La convivencia le permitió comprobar que, pese a las diferencias culturales y de contexto, las personas de la comunidad poseen un conocimiento profundo de su entorno y de la naturaleza que les rodea.
Sabores de la Amazonía
La convivencia también permitió a Nerea acercarse a la gastronomía local. Las comidas formaban parte de la experiencia y fueron otra forma de conocer la cultura y las costumbres de la zona.
Durante estas semanas probó diferentes platos y productos, entre ellos paiche, doncella y lagarto. Pero, curiosamente, su gran descubrimiento gastronómico fue algo mucho más sencillo: el plátano. “Me encanta en todas sus formas”, cuenta. Lo probó preparado de distintas maneras y descubrió así uno de los alimentos más presentes en la cocina de la zona.

Más allá de los platos concretos, sentarse cada día a la mesa con las familias le permitió mantener conversaciones, conocer sus costumbres y comprender mejor una forma de vida muy diferente a la suya.
Las familias no solo compartían con los estudiantes sus casas y su comida, sino que también estaban pendientes de ellos. Nerea recuerda, por ejemplo, cómo la cuidaron cuando estuvo con molestias en el estómago. A pesar de encontrarse a miles de kilómetros de casa, se sintió acompañada y bien acogida.
Una experiencia que refuerza su vocación
Después de cinco semanas, la experiencia también ha servido para confirmar su vocación. Nerea siempre había tenido claro que la Biología era su camino, pero estas prácticas han reforzado todavía más esa certeza. Le gustaría poder dedicarse en el futuro a un trabajo relacionado con la fauna, la flora y la investigación, aunque es consciente de las dificultades que existen en algunos campos y de la limitada financiación de determinados proyectos. “Esto es lo mío”, afirma al recordar el momento en que descubrió el programa de prácticas.
La despedida de San Rafael no fue fácil. Tanto ella como el resto del grupo habían creado vínculos con las familias y con el lugar, hasta el punto de bromear con la posibilidad de quedarse allí. Ahora toca regresar a Pamplona en unos días, preparar el inicio de curso y afrontar su último año de Biología.
Larraona, parte de su etapa universitaria
La Amazonía no ha sido la única experiencia que ha marcado estos años de universidad. Nerea afrontará este curso su cuarto y último año de Biología y también su cuarto año en el Colegio Mayor Larraona, donde ha vivido toda su etapa universitaria.
Durante estos años ha encontrado en el Colegio Mayor un grupo de amistades con el que ha compartido buena parte de su experiencia universitaria. “Hemos hecho un grupo muy majo y estoy muy contenta”, explica.
Para ella, vivir en Larraona también supone una oportunidad para conocer a personas de diferentes carreras y compartir el día a día más allá de los estudios. Además, reconoce que vivir en el Colegio Mayor le permite ahorrar tiempo y facilita la vida universitaria.
Después de un verano tan intenso en la Amazonía peruana, volverá a Pamplona con una experiencia que, además de haber reforzado su vocación, le ha permitido aprender de la naturaleza y de las personas con las que convivió durante cinco semanas.